"Volverás a Región",
Barcelona, Destino, 1967.
Juan Benet

Mapa Imaginario               
Mapa imaginario de España
REGION

por Leopoldo de Trazegnies Granda

foto: Vilacampa

        Región era un pueblo repleto de ausencias. Los que se fueron jamás volvieron. Faltaba la madre, el amigo, la persona amada... Y en Región se desencadenaron acontecimientos incomprensibles.

        En 1936 sirvió de escenario a una larga batalla de la Guerra Civil. El municipio se declaró fiel al gobierno legítimo de la República y sufrió el ataque de las columnas de navarros pertenecientes a las tropas facciosas del ejército nacional. Soldados y milicianos se mataron anónimamente por las sierras colindantes con balas que perforaban a la vez cuerpos y recuerdos: al mismo tiempo caían los cadáveres y la sombra de su memoria. Región entonces se pobló también de muertos sin historia.

        El pueblo se halla en las últimas estribaciones de los montes Aquilanos antes de entrar en Portugal, entre la cordillera Cantábrica y el macizo galaico-portugués. La sierra se eleva por encima de los 2.000 mtrs. y la altiplanicie vecina corta horizontalmente el paisaje a 1.400 mtrs de altitud. En las cumbres nacen los ríos Torce y Formigoso. El Torce es un arroyo saltarín que confluye en el Tarrentino, el Formigoso es más recio, más castellano.

        La defensa de Región se realizó en ambas orillas de sus ríos empleando tácticas de guerrilla después de que los milicianos y brigadistas republicanos se hubieran visto superados en los collados de Socéanos y La Requerida por las tropas franquistas. Las escaramuzas se mantuvieron varios meses por los pueblos aledaños de Babia, Rañeces, Láncara, Burgo Mediano, El Salvador (que quedó totalmente destruído), Bocentellas y Macerta, antes de que Región fuera tomada por las tropas sublevadas contra el gobierno democrático.

        De Macerta a Región hay una carretera polvorienta por la que de vez en vez, después de la guerra, se ha visto pasar un coche en dirección a los parajes prohibidos. Los vecinos saben que luego el motor se detendrá y la noche les traerá el eco de un único disparo, que recuerda al de los "pacos" francotiradores franquistas. El Numa es el guarda del bosque de Mantua, no necesita más de un disparo. Nunca se ha visto a ningún coche volver. Era como si en la montaña hubiera quedado un rescoldo de la guerra que fuera atizado periódicamente por el Numa para preservar el inmovilismo malsano de la falta de libertad en que vivían.

        Y el pueblo callaba, porque un pueblo acobardado siempre prefiere la represión a la incertidumbre. Los vecinos, remisos a la realidad, no advertían a nadie del peligro, se limitaban a subir a la espadaña de la iglesia del destruído pueblo de El Salvador, desde donde se divisaba todo el bosque de Mantua, para adivinar el sacrificio y oir el tiro fatal, sin atreverse a reaccionar.

        El Doctor tampoco veía la necesidad de alertar a los escasos automovilistas del riesgo que corrían al continuar su viaje por la carretera de Región a la sierra. En todo caso, debían leer el letrero borroso que había a unos kilómetros del pueblo que señalaba la prohibición. La creencia popular era que no se podía sobrepasar el paralelo 42º 45", pero es probable que se haya calculado mal la latitud y que la línea divisoria estuviera en el paralelo 42º 30", de donde nacen los picos de Torres, el Monje, el Acatón, el Malterra y el San Pedro. Los alpinistas extranjeros que empezaron a venir a este país después de la masacre, tampoco regresaban de las montañas. Numa siempre mataba al transgresor viniera de donde viniera.

        El Doctor estudió medicina en Salamanca pero había nacido en el pueblo. Era el heredero de la antigua rueda telegráfica del funcionario de Correos de Región que fue su padre y de su capacidad para vaticinar con ella el pasado. A la rueda llegaban los mensajes de la posguerra de un país demente, de unos muertos proscritos, de unos supervivientes desesperados, de una edad catastrófica.

        Un día apareció en Región una mujer atractiva de mediana edad. Llegó conduciendo su propio automóvil. Su aspecto delataba un desequilibrio madurado en la tristeza y un dulce rencor en la mirada. Tal vez fue violada en la caja de una camioneta militar, tal vez se prostituyó en un hotel de mala fama, tal vez; habían pasado muchos años desde la guerra y cuando se ha amado mucho y se ha renunciado a todo, se olvida uno hasta de que ha olvidado los acontecimientos fundamentales que condicionaron su vida en el pasado.

        El coche de la mujer se detuvo en la casa familiar de su infancia comprada posteriormente por el Doctor para establecer su clínica privada. Su presencia removió la memoria de los cimientos del caserón semivacío con un terremoto de palabras no pronunciadas. Se llamaba María Timoner. Había conocido al doctor Diego Sebastián antes de poder memorizar las atrocidades colectivas, cuando él todavía trabajaba como interno de la clínica Sardú y ella, hija de un militar de alta graduación, educada en un colegio de religiosas y prometida a un distinguido oficial del ejército, pasaba una temporada en el pueblo para recuperarse de cierta inestabilidad nerviosa. Se conocieron poco antes de que la violencia estallara entre las piedras de las iglesias y los mingitorios de los cuarteles, cuando las pistolas aún colgaban inútiles de las bandoleras, aunque ya se presagiara que la paz truncada llegaría a inflamar el bosque. Para ella fueron días de amores rápidos y secretos, noches de pasión con ese inexperto médico de la clínica Sardú a espaldas de su indolente capitán empeñado en jugarse noche a noche la fortuna familiar en el casino. Pero la última cita acordada para escaparse juntos, en esos revueltos tiempos de guerra, les falló.

        Derrotada la guerrilla republicana apostada a orillas de los ríos Torce y Formigal después de dos años de desorganizados combates por la sierra, el padre de María Timoner, recientemente reincorporado al ejército, fue el encargado de ocupar la plaza rendida, al tiempo que su hija se hallaba retenida en las oficinas del Comité de Defensa y tratada hasta ese momento con bastante deferencia. Luego fue llevada apresurada y clandestinamente como rehén en una camioneta por un grupo de milicianos hasta el hotel de la carretera de Mantua. Allí la dejaron, huérfana de sentimientos, incapaz de confesar su apego al enemigo pese a, o sobre todo por, haber sido violada durante el viaje. Su padre falleció poco tiempo después de tomar el pueblo. Su amante médico de la clínica Sardú tuvo que huir como el resto de defensores de la República. Se quedó sola, como recién parida. ¿Qué significa la virtud cuando se ha perdido todo lo demás? ¿Para qué hace falta el pudor y el orgullo cuando se ha perdido el amor? ¿A quién le podía importar que se quedara ejerciendo la prostitución en aquel hotelucho de carretera después de haber sufrido su propio holocausto? Nunca olvidaría que Muerte, la encargada de la casa de lenocinio apodada de esa fúnebre manera, a pesar de ser una mujer dura como suelen ser las que dirigen ese tipo de negocios, la tratara bien y de tarde en tarde le diera un vaso de leche adicional como reconstituyente.

        Más de veinte años después volvía a Región a enfrentarse nuevamente con su pasado pero sin ninguna espectativa de recuperación. Encontró al amante perdido pero ya sin poderes medicinales ni humanos, sumergido en el delirio que precede a la muerte, incapaz de encontrar una sola palabra que la reconfortara. En la larga conversación nocturna de su reencuentro, compartieron el abandono de la esperanza y el despecho por los sentimientos propios y ajenos.

        Cada uno por su parte, habían reaccionado de igual manera ante las atrocidades de la guerra, él ejerciendo la medicina sin convicción ni devoción y ella trabajando para Muerte. Luego la vida los llevó por distintos caminos del desencanto. La rebeldía pasiva de ambos estaba basada en el abandono, porque en aquellos años no podía ser de otra manera, pero era una rebeldía absoluta, contra un mundo hostil y contra un Dios impávido, porque si Dios había permitido el horror de la guerra, Dios era también cómplice.

        María Timoner volvió a Región y ya nadie podría hacerle cambiar su firme determinación de subir a la sierra prohibida por el camino de Mantua, como si el Numa, el guardián del nuevo orden, fuera el único capaz de zanjar la cuestión a cambio de su inmolación final.



IR A LA PAGINA PRINCIPAL
PAGINA ACTUALIZADA EL 24/1/2006

     

free web stats