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CAFÉS DE MADRID


Cuadro de Solana, 1920:
Café de Pombo

    A finales del siglo XIX por Madrid se extendían los cafés como ahora se extienden los bancos. La costumbre de tomar café en un lugar público especialmente diseñado para ello comenzó en Viena puede que hacia el siglo XVIII o quizá antes, pero en seguida se aclimató perfectamente en el sur de Europa, debido fundamentalmente al buen clima, que permitía la existencia de las célebres "terrazas" a lo largo de casi todo el año.

    Los suizos difundieron la costumbre de sentarse en un velador ante una buena taza de café a conversar de política, de literatura, de amores y desamores. En muchas ciudades de Europa existe un "Café Suizo". El más antiguo en España fue el de Granada, pero Madrid también tuvo su café suizo que estaba situado en lo que después sería el Casino de Madrid y hoy es una sede bancaria en la calle de Alcalá. El café suizo de Madrid congregó a artistas plásticos de la vecina Academia de Bellas Artes de San Fernando.

     Desde el principio los cafés han servido para mucho más que para deleitarse con una taza de humeante café. Estos locales públicos se convirtieron en auténticos "mentideros", cuevas de conspiradores y ateneos culturales. En Madrid - y en toda España - dieron lugar a un fenómeno, entre lo cultural y el vulgar chismorreo, quizá único, al que se dio el nombre de tertulia y en otros casos de "peña".

     Entre los más antiguos se encuentra el Café de Sólito, citado por "Fígaro" en sus artículos de costumbres y por Zorrilla en sus "Recuerdos del tiempo viejo", estaba en la calle del Príncipe, esquina a la de Visitación. La casa, que ya no existe, estaba muy próxima al teatro del Príncipe (hoy Español) y al café del mismo nombre, que también fue conocido con el nombre de "El Parnasillo". En el piso principal del Café de Sólito se instalaron los fundadores del Casino, 56 socios, a finales de 1836, muy pronto, el 16 de enero de 1837, decidieron constituir formalmente una sociedad de recreo.

    Fueron precisamente estas tertulias, capitaneadas en su mayoría por personajes célebres de los campos de las artes y la intelectualidad, la política, los toros y la cultura en general, las que popularizaron los cafés e incluso los convirtieron en famosos. Entre los que han alcanzado la consideración de la posteridad están El Colonial, Fornos, Café de Oriente, la Flor y Nata, el Café de Pombo y el Café Gijón. Todos ellos albergaron en sus humeantes senos una o varias tertulias, de las que tanto abundaron entre el final del siglo XIX y los primeros treinta años del siglo XX, los años de la "bohemia madrileña".


Mesón del Segoviano

     No nos podemos olvidar tampoco del "Mesón del Segoviano" en la Cava Baja, frecuentado por personajes del periodismo noctámbulo madrileño como César González Ruano y Cansinos Assens.

    De todas estas tertulias, por supuesto, ha quedado memoria de aquellas que se organizaron en torno a famosos escritores fundamentalmente; como la que capitaneaba Valle-Inclán en el Ateneo y en la Flor y Nata (entre los muchos cafés que frecuentaba el vate gallego, lugares a los que acudía su propio hijo a recordarle la hora de comer) o la del café de Pombo, cuyo sótano se hizo famoso con el nombre de "La Cripta de Pombo" debido a las reuniones que allí organizaba el ínclito Ramón Gómez de la Serna, amante de Colombine y alumno de Valle-Inclán, que fue líder de la vanguardia madrileña (mucho antes de que se inventara aquello de "la movida").

    Rafael Cansinos Assens menciona en sus memorias dos de los más concurridos en los primeros años del siglo XX: "El café Colonial ha sucedido a Fornos como centro de la vida nocturna del Madrid bohemio y artista. A la salida de los teatros, cuando los focos voltaicos de la Puerta del Sol se extinguen como una fulguración de desmayo y los últimos tranvías salen atestados de gente, El Colonial empieza a llenarse de un público heterogéneo, pintoresco y ruidoso. Llegan las artistas de Variétés, pomposas y risueñas, todavía con el maquillaje de la escena, con sus grandes sombreros, sus trajes llamativos y sus dedos cuajados de sortijas, escoltadas como duquesitas dieciochescas por su corte de admiradores, señoritos juerguistas, viejos calaveras que todo el mundo conoce por su dinero, periodistas, agentes de variétés, vendedores de joyas, autores de cuplés, pequeños compositores, y mujeres viejas, con aire de falsas madres que a veces lo son de verdad... y descubren el fondo de miseria, de donde ellas han salido."

    De aquellos cafés, de aquellas tertulias (entre las que no fueron menos famosas las centradas en el mundo de la tauromaquia, en una época en que aún intelectuales y artistas no se dedicaban a censurar y denigrar –si exceptuamos a don Eugenio Noël- la llamada fiesta nacional), no queda más que el recuerdo o en su caso un banco o caja de ahorros. Tan sólo uno de estos cafés literarios madrileños ha sobrevivido a la voracidad de la piqueta o a la de la especulación: el Café Gijón.


Café Gijón

    El Gijón alcanzó nuevo esplendor entre los años 40 y hacia los años 60, cuando la mayoría de los tradicionales cafés habían ya desaparecido o reorientado su función, debido a la poco rentable fórmula: un café igual a muchas horas de estancia. Al Gijón le hicieron famoso las tertulias de los intelectuales de posguerra (por allí dicen que se podía encontrar a escritores como Camilo José Cela, Alejandro Casona, E. Jardiel Poncela y un largo etcétera que con el tiempo iría cambiando en algunos nombres), más animadas por las discusiones artísticas que por las políticas, como sucedería después cuando a aquellas tertulias se unieran nombres más jóvenes. También se dieron allí reuniones y citas de corte moderno en las que ya participaba la mujer, así como las cenas de madrugada, que seguían a los estrenos teatrales y otros eventos culturales.

    Desaparecieron los cafés de la gran bohemia madrileña de principios de siglo, La Flor y Nata, el Colonial, Fornos, de Valle-Inclán, Alejandro Sawa, Rubén Darío, Villaespesa, Cansinos Assens, etc., los últimos en cerrar sus puertas fueron el Café de Levante en la Puerta del Sol y el del Correo en la calle Alcalá, el Castilla que frecuentaba Emilio Carrere, el Hungaria de Jacinto Benavente, el León de Oro con sus tertulias de tauromaquia y el café Pelayo, donde se reunían los últimos de la generación del 50, pero perduran otros de generaciones posteriores como Las cuevas de Sésamo en un sótano cercano a la plaza Sevilla, de buen ambiente artístico que convoca anualmente un importante premio literario de cuentos.

Hotel Suecia
Sin olvidarnos del bar del Hotel Suecia que en plena época franquista sirvió de covacha literaria a Carlos Barral, Benet, etc.

    De los antiguos, el Gijón, tras una época de inestabilidad en la que se habló de su desaparición, continúa con sus puertas abiertas a la Castellana al cabo de más de 100 años. Y el restaurante Lardhy célebre por sus caldos, sigue acogiendo intelectuales y políticos de alto nivel económico.


Barrio de Argüelles

    Más recientemente, en los años 60, el barrio de Argüelles se convirtió en el "parnaso" madrileño. Las numerosas cafeterías y cervecerías entre las calles Princesa, Alberto Aguilera y Cea Bermúdez fueron cenáculos de universitarios para discutir sobre poesía, el existencialismo, el amor libre o Marcuse, tomándose un café o una cerveza.

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