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AUGUSTO RUIZ ZEVALLOS

  
El Español y la modernidad posmoderna


         Muchos en España y en el continente americano han celebrado la incorporación de los 6,000 americanismos en el Diccionario de la Real Academia, pero algunos como Álex Grijelmo, autor del libro Defensa apasionada del idioma español, piensan que la nueva edición también se ha empobrecido, pues además "de las miles de palabras hermosas y españolas que han nacido en América", se ha incluido palabras de uso en los medios masivos que son "clonaciones del inglés o involuciones consagradas por esa falta de cariño hacia el idioma" (ver El País del 1 de mayo). Hay muchas maneras de entender la riqueza en un idioma, tantas como los usos que se le puedan aplicar al mismo. Cuantitativamente, el castellano ha sido uno de los idiomas más ricos en palabras entre las lenguas europeas, más sin duda que el alemán, el inglés y el francés, aun sin el aporte americano y árabe. Así las cosas, se justifica la molestia de Grijelmo cuando se incluye, por ejemplo, innecesariamente la palabra "esponsorización" (apoyar o financiar una actividad, es decir: patrocinio).

        Pero este tipo de atingencia, siendo interesante, puede abrir la puerta a una autarquía engañosa y deja ausente el tema de las otras riquezas que toda lengua tiene en relación con determinadas áreas del intelecto. Por ejemplo, el pensamiento filosófico o el político, el social o el psicológico, entre otros. Éste, ciertamente, no es un problema que suelan platearse los literatos. Los poetas podrían estar felices con las 6,000 nuevas adquisiciones y tal vez compartan el disgusto que algunos sienten por la poca belleza de las palabras importadas del inglés. Pero los filósofos y los historiadores que analizamos los legados culturales y sus repercusiones en el pensamiento, normalmente tenemos otras miradas.

Por ejemplo, en El inicio de la filosofía occidental, Hans-Georg Gadamer ha insistido en que la lengua griega ofrece de por sí posibilidades especulativas y filosóficas, gracias al uso del neutro y a la existencia de la cópula, el uso del verbo ser para unir sujeto y predicado, que es la estructura de la proposición. Su alfabeto -prosigue Gadamer-, es una abstracción enorme; los griegos no lo inventaron, pero lo perfeccionaron. Con lo que podemos decir que además de las condiciones sociales muy particulares, ampliamente conocidas, el factor lingüístico hizo posible que en Grecia antigua naciera la filosofía.

        Así también es importante preguntarse por las posibilidades que, en general, ofrece el español. En cuanto a la literatura, esto parece claro, y como si hiciera falta, recientemente Don Quijote de la Mancha ha sido declarada la mejor obra de ficción de la historia, seguida de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust y muy por encima de las obras cumbres de Shakespeare, Faulkner y Tolstoi. (A esta conclusión llegó el Club Noruego del Libro luego de consultar a cien de los mejores escritores de 54 países del mundo, entre los que se hallaban Salman Rushdie, Milan Kundera, John Le Carre, John Irving, Norman Mailer, Carlos Fuentes). Grandes y bellas creaciones literarias han sido escritas en el idioma de Castilla, desde los tiempos de Cervantes hasta el boom de la década de 1960.
        Además de la literatura, también en su pintura y en su música, España ha demostrado gran virtuosismo. Pero España ha carecido históricamente de un pensamiento filosófico sistemático propio. Jovellanos, Campomanes y Feijo fueron grandes ideólogos del primer intento modernizador en España, pero nada más. No hubo nunca alguno del peso intelectual de un Machiavello, de un Voltaire, de un Kant. En el siglo XX, tampoco hubo en España un pensador equivalente a Gramsci, a Adorno o a Althusser. La constatación pertenece al historiador británico Perry Anderson, y la formuló como parte de su preocupación por los destinos del marxismo occidental. Anderson planteó el problema, pero no llegó a darle solución.

        Sólo en las décadas finales del franquismo, y en gran medida por el aprendizaje en otras academias europeas, el pensamiento filosófico, social y político español ha producido figuras descollantes, las cuales, a su vez, contribuyeron en la difusión, en su país, del pensamiento europeo y norteamericano, a través de importantes revistas. Todo lo cual llevó a construir un pensamiento crítico que ayudó a la acción política, básicamente socialista liberal, a realizar el despegue español. Una intelectualidad con premisas conceptuales sólidas, hizo madurar y no estropear la izquierda. Eso no habría acaecido si los intelectuales españoles se hubieran enfrascado en sus raíces y permanecido impermeable a los aportes conceptuales y lingüísticos.

        De hecho, al entrar en contacto con otras culturas se pueden encontrar conceptos cuya traducción se hace en la práctica imposible y es aquí donde podemos apreciar una debilidad del español en relación con las llamadas ciencias humanas, sin tener que por ello lamentarnos. No es por decoración que en sus artículos el politólogo argentino Gillermo O'Donnell, recurra a la palabra accountability para referirse a una serie de mecanismos e instituciones por medio de los cuales los parlamentarios rinden cuentas a sus electores y al sistema político. Me pregunto cómo se podría decir en medios académicos con una palabra castellana, que el Perú y Chile, por ejemplo, necesitan de ...accountability. Un ejemplo adicional: Zygmunt Bauman, en su reciente libro En busca de la política, ha recordado la dificultad que se presenta cuando se intenta traducir la expresión sicherheit, empleada por Freud, un concepto alemán que condensa al menos tres vocablos: seguridad, certeza y protección, y no sólo uno -seguridad- como se ha pensado. Este es un problema que igualmente se presenta cuando los antropólogos intentan comprender la cosmovisión andina, que, como dicen algunos especialistas, ofrece recursos lingüísticos útiles para los filósofos.

        Valga precisar lo siguiente: que los españoles de antaño no hayan aportado substanciosamente a la filosofía occidental y que los latinoamericanos en los hechos produjeran una "filosofía práctica" y no sistemas filosóficos totalizadores, como los europeos, no debería ser visto necesariamente como un gran problema, pues con ello evitaron la pretensión de buscar soluciones homogéneas para el conjunto de la humanidad.

Pero si bien podemos colegir que los hispanoamericanos no somos los primeros responsables de las catástrofes humanas -como sí la modernidad europea unilineal-, en la misma medida se puede afirmar que tampoco hemos hecho posible un pensamiento que apunte a una modernidad diferente, dentro de una preocupación humanista y solidaria que se justifique simplemente en la idea del prójimo, en la conmiseración, o, si se prefiere, de la supervivencia de la especie; un discurso que a la vez que ofrezca soluciones a nuestra realidad concreta, contribuya con sus hallazgos a que otros pueblos, incluyendo, los europeos, encuentren las propias. Para decirlo con una paradoja: una modernidad posmoderna.

        Para el logro de este doble objetivo, el mestizaje, la circulación de léxicos, de contenidos y de continentes que puedan facilitar el pensamiento es sin duda imprescindible. En este sentido y no sólo en el aspecto cuantitativo, se diría que el español -no me corresponde hablar de otro idioma- debe también enriquecerse.

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PAGINA ACTUALIZADA EL 28/2/2003