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ALEJANDRO SAWA
luces de bohemia


Autora: Amelina Correa Ramón (Granada)
Fundación José Manuel Lara. (Sevilla, 2008).
ISBN: 978-84-96824-38-6


LA VERDADERA DESDICHA DE MAX ESTRELLA

Leopoldo de Trazegnies Granda        

          Al escritor le suele temblar el pulso o equivocar la tecla por temor a crear un personaje más inteligente o más sensible que él. Un personaje así creado acarrearía la negación de su Creador, sería Hera pariendo a Cronos. Es lo que le ocurrió a Cervantes que se convirtió en un personaje secundario de su propia novela. A Alejandro Sawa le ocurrió algo aún peor: se convirtió en el personaje extravagante de una novela de otro.

          En la ficción, lo sensato es crear espíritus pródigos con mayor carga humana que los reales. Valle-Inclán tuvo la suerte de que le ocurriera lo contrario: se encontró con un organismo real de una humanidad sin límites en los ambientes nocturnos de Madrid y le resultó fácil modelarlo como un espíritu esperpéntico. Sawa se hallaba de vuelta de su bohemia parisina, era un ser que aún llevaba una borrasca de alcohol en el estómago, un globo desinflado en los pulmones, un sexo pertinaz, unos ojos crepusculares de poeta desengañado y un irónico acento francés con el que relataba el beso que le diera Víctor Hugo, leyenda muy de la época bohemia que seguramente lanzó el propio Sawa pero que a la postre terminó molestándole. Era un epicúreo urbano, de vitalidad menguada, pero que había logrado lo más difícil para un bohemio: transmutar los añicos de sus ilusiones en estrellas. El escritor gallego de las luengas barbas aprovechó tan rico material biológico para convertirlo en el Max Estrella de su Luces de Bohemia.

          Los personajes literarios nos sugieren sentimientos, los personajes reales los sufren. Las anécdotas de la bohemia nos pueden hasta divertir y cuanto mayor sea el desprendimiento del bohemio por lo material mayor será nuestro placer en la lectura, pero eso tiene un elevado coste en soledad, pobreza, angustia y dolor. Lo sabía Sawa, pero parecía no importarle.

          Alejandro Sawa había venido al mundo a la búsqueda de la felicidad sin más equipaje que la literatura, pero la existencia lo fue arrinconando, despojándolo, dejándolo sobrevivir sólo entre sus textos, acompañado por las sombras de una mujer y una hija que no llegaron nunca a plasmar su amor en los actos más cotidianos de una familia. Porque Sawa no dejó nunca de vivir de forma extraordinaria.

          Su paisano y amigo Manuel Machado sentencia en tres versos lo que fue su vida:

Jamás hombre más nacido
para el placer fue al dolor
más derecho.

          Él mismo no ignoraba su fatal destino, en el claroscuro de la bohemia siempre se situó en el lado sombrío: "Soy un hombre enamorado del vivir, y que ordinariamente está triste". Toda su energía la dedicaba a la literatura sin guardar nada para enfrentarse a la vida, era también un hombre generoso.

          La profesora granadina Amelina Correa Ramón nos da una información minuciosa de su existencia, nos describe todos los pormenores de este trashumante español. Nos relata los avatares de su familia desde el origen de los Sabba griegos hasta los Sawa andaluces de exótica consonancia japonesa. Fue el abuelo Emmanuil Sabba quien vendría a España desde su Esmirna natal y se radicaría en la antigua ciudad de Carmona en Los Alcores de Sevilla. La detallada biografía termina con la prematura y dramática muerte en Madrid del gran bohemio, pasando por todas las peripecias de su agitada existencia. También podemos leer un analisis literario de sus principales novelas en el contexto literario de su época. La autora demuestra su pasión por la historia y por la literatura a partes iguales, aunque en el caso de este andaluz universal es difícil separar una cosa de la otra ya que Alejandro Sawa, sin necesidad de Valle-Inclán, era en sí mismo un personaje de novela, autobiografía que no llegó a escribir pero que vivió intensamente.

          La obra de Amelina Correa Ramón viene ilustrada con unas conmovedoras fotografías de Alejandro Sawa en los distintos períodos de su vida. Podemos ver también a su mujer Jeanne, a su hija Helena Rosa, a los padres del escritor y hasta la casa familiar que tuvieron en Carmona. Por cortesía de la autora he reproducido algunas de esas fotografías al final de esta reseña.

          Nacido en Sevilla el 15 de marzo de 1862, hijo de Alexandro Sabba natural de Carmona y de Antonia Gutiérrez oriunda de Sevilla y criado en Málaga desde los ocho años, decían de él que era "un muchachito serio, cetrino de color, de expresiva mirada".

          Muy pronto demuestra su inquietud por la literatura. Con sólo quince años de edad funda una efímera publicación, "Ecos de juventud", que era una Revista Semanal de Literatura, Ciencias y Arte, donde figura como el principal redactor y colaborador de los cuatro primeros números. Seguidamente funda otra revista con su hermano Manuel, que titulará El Siglo XIX, Revista Decenal de Ciencias, Literatura y Artes.

          A los diecisiete años se traslada a Madrid con la ilusión de abrirse camino en los ámbitos periodísticos. Tiene algunos contactos conseguidos desde Málaga y en la capital, sorprendidos por su precocidad artística, le prestan apoyo algunas figuras del mundillo literario madrileño, como Pedro Antonio de Alarcón, Campoamor, y José Zorrilla. Reconocen en él al aprendiz de poeta "capaz de dar la vida por una buena metáfora", como dijo Luis París. Amelina Correa Ramón no sólo nos expone en su obra la vida de Alejandro Sawa, sino que a través de sus andanzas nos muestra todo el escenario del mundillo literario madrileño de finales del XIX y principios del XX.

          Sus primeros pasos periodísticos los da como redactor de El Globo y más tarde en La Política y El Resumen. En estos años desarrolla una actividad intelectual frenética llena de ideales y proyectos literarios. Tiene que justificar ante sus amigos malagueños su falta de correspondencia por la incesante labor creativa que realiza en distintos medios. No por eso subordina sus ideas estéticas y literarias a las corrientes entonces de moda, su visión no deja de ser cuestionadora y buena muestra de ello es la dura crítica que dedica a los versos de Núñez de Arce: "huero, sobradamente sonoro, rectilíneo y seco...". Tampoco duda en hacer una reseña negativa del poemario Renglones cortos de su amigo de la infancia Salvador Rueda. El precoz escritor andaluz demuestra desde los primeros momentos su libertad de criterio y su honestidad para expresarla.

          Adscrito incondicionalmente al movimiento naturalista de Èmile Zola que había empezado a influir en España, escribe su primera novela, La mujer de todo el mundo (1885), que sin embargo no es aceptada como naturalista por el Pope del movimiento, Eduardo López Bago. Al año siguiente publica Crimen legal (1886), con la que ya pudo ser considerado miembro de la corriente naturalista de pleno derecho. Escribirá cuatro novelas más, entre ellas Criadero de curas y Noche que lo consagran en Madrid como uno de los principales escritores de ese movimiento.

          El naturalismo liderado por Zola en Francia no descartaba ningún elemento de la realidad como literaturizable y se proponía denunciar los aspectos más censurables de la sociedad, como era la miseria, la maldad, el odio, la aberración... considerando a los hombres y mujeres como seres lombrosianos, fatalmente determinados por su biología. Sawa se sumerge entonces en la parte más sórdida de la condición humana aunque en ningún momento deje de ser un epicúreo perplejo ante la realidad patológica que le rodea. No desiste en su búsqueda de la belleza, aunque tenga que hacerlo por contraste, indicando a veces brutalmente las situaciones que carecen de ella.

          Sawa aborda también en sus novelas problemas sociales como la independencia de la mujer, la libertad sexual, el aborto, el matrimonio civil, el clero, la locura... La mujer de todo el mundo trata de la patología sexual de una mujer bella que utiliza su atractivo y su falta de escrúpulos para conseguir todo lo que se propone, sin negarse a situaciones que podrían considerarse aberrantes. El tratamiento de la acalofilia o feísmo no era algo nuevo en la literatura española, en el siglo anterior hubo en Madrid hasta una tertulia de escritores acalófilos de la que formaba parte entre otros Nicolás Fernández de Moratín, que tenían un ilustre y remoto ascendiente: Quevedo. La novedad en los naturalistas es tal vez la utilización de lo patológico como denuncia y su identificación con los más desfavorecidos.
 
 

Alejandro Sawa. París [1893]

 

          Viaja a Francia en 1889, año de la Exposición Universal de París, y lleva consigo su imagen de poeta romántico, de andaluz arabizado, que tanto impresionaría a Verlaine. La documentadísima obra de la profesora granadina nos da extensas referencias de las anécdotas surgidas en este viaje a París que influyó enormemente en el escritor sevillano. Amelina Correa Ramón nos desvela que en realidad Sawa viajó a París en dos ocasiones. Un primer viaje fugaz, antes de 1885, para conocer a Victor Hugo que era una de las figuras más admiradas por el poeta andaluz desde su juventud. Este viaje lo realiza en condiciones tan precarias que tuvo que pedir dinero para volver a España. Y la segunda vez en 1889, ya reconocido como un joven novelista, permanece siete años en la capital francesa integrado en los movimientos literarios vanguardistas de aquellos años.

          Asiduo de las tertulias báquicas en cavas y cafés con destacados miembros del parnaso galo, intima con algunos de ellos. A finales del siglo XIX París era un hervidero de movimientos literarios contrapuestos, Sawa conoce a parnasianistas como François Coppée y al simbolista Mallarmé, frecuenta los sancta santorum de la intelectualidad francesa en la Closerie des Liles y La Rotonde donde declara haber bebido ajenjo con Théophile Gautier o Leconte de Lisle; pero el personaje que va a ejercer una influencia decisiva en su vida va a ser un Paul Verlaine decrépito, desengañado de la vida después de haber sido abandonado por su amante Arthur Rimbaud y haberle pegado un tiro que le costó dos años de cárcel. Sawa entabla una estrecha amistad con este poeta maldito admirador de Baudelaire.

          En la patria de Zola, Sawa suaviza su postura naturalista y se acerca más a la concepción de "el arte por el arte" que empieza a imperar en las corrientes literarias de la época. Conoce a un poeta que acababa de llegar a París y que será posteriormente el propagador del movimiento modernista en España: Rubén Darío. El vate nicaragüence había escrito ya dos pequeños poemarios titulados Abrojos y Rimas y acababa de aparecer en Chile la primera edición de su obra cumbre Azul (1888), pero en Europa era aún un desconocido, un pre-divino-poeta-modernista. Es Alejandro Sawa quien le sirve de introductor en los ambientes poéticos franceses. Rubén Darío siempre guardaría un especial reconocimiento por el escritor sevillano, recordando sus años parisinos.

          Los siete años que pasó Sawa en la capital francesa serían para él sus días felices, al menos en el sentido Schopenhauriano de la felicidad. Fueron años dedicados al arte en la considerada capital mundial del arte y la literatura, en la que sobrevivió sin muchas comodidades pero tampoco con demasiadas estrecheces, trabajando en las redacciones de periódicos y editoriales. Un acontecimiento extraordinario le haría considerar que a París sólo le faltaban dos letras para convertirse en Paraíso: su encuentro con la joven Jeanne Poirier. Su gran amor. Poco tiempo después de conocerse empiezan a vivir juntos.

          A partir de entonces Alejandro Sawa vuelve a ser el bohemio romántico de su juventud y el nacimiento de su hija Helena Rosa en 1892 es para él una experiencia sentimental tan profunda que le hace brotar hondos sentimientos de ternura. Desgraciadamente esos momentos coinciden con la aparición de sus primeros problemas de salud y dificultades económicas de sus siempre imprevisibles finanzas. Estas circunstancias obligan a la pareja a vivir separados durante algún tiempo. Ella al parecer vuelve a casa de sus padres en Fontenay-sous-Fouronnes y Sawa hace una incursión a Madrid seguramente para sondear las posibilidades de retornar a España. Las cartas cruzadas entre la pareja y comentadas por Amelina Correa Ramón en la biografía del poeta sevillano, nos muestran la sensibilidad y delicadeza con la que el otrora desordenado bohemio trata a Jeanne y a su pequeña hija.

          Reunida la pareja otra vez en París, Sawa es conciente que necesita mayores ingresos para poder mantener a su familia. Al comprobar las difícultades que tiene para conseguirlo a través de la literatura, se dispone a hacer algo que después lamentará: decide tentar la fortuna en los grandes casinos europeos. Es probable que conociera la historia de Voltaire que descubrió conjuntamente con el matemático La Condamine un método para ganar un millón de francos en la lotería municipal; este capital permitió al filósofo francés vivir el resto de su vida invirtiéndolo en diversos negocios. Sawa va a intentar algo similar. Con tal fin hace varios viajes al balneario de Spa en Bélgica acompañado de "socios capitalistas" convencidos de su sistema infalible para ganar en la ruleta. Pero su método matemático no funcionó nunca y la suerte tampoco le favoreció. Después de repetidos fracasos Sawa abandona su afición ludópata no sin antes haber hecho perder mucho dinero a sus confiados acompañantes y quedarse él aún más endeudado y arruinado.

          Su lamentable situación económica coincide con un hecho que va a marcar un hito en su vida. Una madrugada, en el invierno de 1896, Paul Verlaine agoniza en su domicilio de la modesta rue Descartes. Sawa corre a su encuentro pero llega tarde. El sórdido escenario que encuentra allí pudo constituir para Sawa un presagio de su propio fin que se produciría trece años más tarde hundido en la misma miseria que la de su amigo, el gran vate francés. Ese mismo año Sawa decide abandonar Francia y volver a España con el firme propósito de reanudar su carrera literaria.

          Antes de terminar el año de 1896 ya se encuentra en Barcelona con su mujer y su hija haciendo gestiones para conseguir trabajo en algún periódico de Málaga con la intención de trasladarse a la ciudad de su infancia. Fracasa en todos sus intentos. Al fin consigue establecerse en Madrid con Jeanne y Helena Rosa gracias a la ayuda de su hermano Miguel, después de pasar mil tribulaciones económicas.

          Retoma sus antiguas amistades, algunas de ellas están experimentando grandes éxitos literarios, como es el caso de Joaquín Dicenta que acaba de estrenar su obra Juan José muy bien recibida por el público y la crítica. También establa algunas nuevas amistades que serían trascendentales en su vida como la del aún joven Ramón del Valle-Inclán.

          Colabora en diarios como El Liberal con la misma sensibilidad social de antaño y promoviendo la literatura renovadora frente al academicismo. Son años de enfrentamiento dialéctico entre la "Gente vieja" y los nuevos. Los antiguos son los consagrados José María Pereda o Leopoldo Alas (Clarín) y entre los nuevos, reunidos alrededor de la revista Germinal se encuentran autores como el mencionado Dicenta, el cubano Zamacois, Jacinto Benavente, Valle-Inclán y el propio Alejandro Sawa que es uno de los miembros más activos escribiendo artículos mordaces y retadores contra los mitos religiosos, históricos o culturales que defienden los conservadores. A pesar de no gozar de buena prensa oficial, Sawa parece enfrentarse a su futuro con bastante optimismo, como si hubiera recuperado su idealismo juvenil. Tiene la puerta abierta en los principales periódicos y revistas como El País, Heraldo de Madrid, El Globo etc. Vive ahora la bohemia como una forma de vida enriquecedora "de culto por el arte, el ideal y la libertad, no los harapos", como proclama su amigo Ernesto Bark.

          A pesar de la febril actividad periodística que desarrolla, sus conocidos le han puesto la etiqueta del "bon viveur", de sobrevivir sin hacer nada, tal vez por su talante indisciplinado de no querer someterse a cánones, actitud que algunos equiparan con la irresponsabilidad.

          Lo que sí es verdad es que a partir de su regreso a España, su trabajo propiamente literario ha quedado aparcado en aras de su actividad periodística. Sólo hace una adaptación al teatro de una novela de Alphonse Daudet titulada Los reyes en el destierro que se estrena el último año del siglo obteniendo una magnífica crítica, y también termina una pequeña "nouvelle" titulada Historia de una reina dedicada a su mujer y publicada en 1907 por su amigo Eduardo Zamacois en la colección "El cuento semanal". Curiosamente en la obra de teatro trabaja como actriz Josefina Blanco que posteriormente devendrá esposa de Valle-Inclán, donde el propio escritor gallego interpretaba también un papel secundario.

          Sawa casado y con una niña continúa en Madrid haciendo su vida bohemia de siempre, frecuentando las tertulias de Valle-Inclán en el Café Madrid o las del Colonial con su variopinta concurrencia de gente de teatro y mujeres de reputación dudosa, o se reúne en el Universal con Antonio Machado. En algunos de estos cenáculos vuelve a departir con viejos conocidos de París como eran los centroamericanos Rubén Darío y Enrique Gómez Carrillo, que han cambiado la Ciudad Luz por Madrid.
 
 

Alejandro Sawa, Madrid

 

          El siglo XX no pudo entrar de forma más dramática para Sawa. Su madre sufre un ataque de hemiplejia que la deja postrada en un sillón sin poder moverse y su padre, el viejo medio griego, fallece poco tiempo después. Por otro lado, la salud de Sawa cada día se resiente más y su economía continúa ruinosa. Se ha visto obligado a vender sus muebles y sus libros después de haber perdido todos sus objetos de valor en la casa de empeños. Cansinos Assens cuenta que su pobreza era tal que a veces no podía salir a la calle porque no tenía pantalones que ponerse y entonces pasaba el día en su casa envuelto en una sábana como un pretor romano. Su bohemia romántica, que impresionó tanto a Verlaine, había pasado a ser una bohemia trágica, espectral, y a veces estrafalaria por su afición a los perros que cuando podía concurría con ellos a los ágapes literarios.

          El escritor entonces pide ayuda a sus amigos que en algunos casos se encuentran en desahogada situación económica. El mismo día de la muerte de su padre le escribe a Rubén Darío, pero el vate nicaragüense, que está cosechando la gloria de su último poemario, Prosas profanas (1896), hace oídos sordos a su súplica. La situación del antiguo bohemio tenía que ser desesperada como para guardarse su orgullo y ser capaz de insistir todavía con dos notas más en petición de ayuda al poeta centroamericano.

          Darío que ya se había convertido en el divino poeta modernista, se hallaba muy lejos de la antigua bohemia literaria, pertenecía a un parnaso mundial y acababa de ser nombrado Ministro Plenipotenciario de Nicaragua para España. Es posible que sus múltiples compromisos le impidieran atender con prontitud la llamada del amigo en dificultades, pero al fin llega la ansiada respuesta dando lugar a uno de los episodios más lamentables en la vida del escritor andaluz: Darío le propone escribir unas colaboraciones periodísticas pero que llevarían la firma del gran poeta nicaragüense. Es posible que le hiciera esta indigna propuesta con la buena intención de ayudarlo sin calcular la vejación que ésto suponía para un autor insobornable como Sawa. El arruinado escritor no tiene más remedio que aceptar. Fueron ocho artículos que se publicaron en el diario La Nación de Buenos Aires. En una pirueta literaria, Sawa se las ingenia para atenuar la prostitución de su pluma: se coloca él mismo de personaje principal de sus artículos. Es un tal Alejandro Sawa el que le cuenta a Darío lo que éste escribe. De esta manera salva su honor al menos ante sí mismo. Pero esta historia termina con tintes surrealistas porque incomprensiblemente Rubén Darío jamás le llegaría a abonar el importe de los artículos, aún conociendo el estado de extrema pobreza en el que vivía su "negro" sevillano.

          El deterioro físico de Sawa se incrementa de forma alarmante en los primeros años del siglo y ya no son las dolencias reumáticas que él arrastraba con anterioridad sino síntomas nuevos que delatan su situación extremadamente delicada. En 1906 pierde la visión sin que se conozca exactamente la causa. La dorada bohemia de París y la literaria de Madrid han pasado a ser la temida bohemia de harapos que algunos le vaticinaban. Ciego, dicta a Jeanne sus últimos textos que consisten en un diario íntimo. La ilusión de Sawa es verlos publicados en vida porque considera que es lo más auténtico que ha escrito nunca.

          Mientras tanto, el laureado poeta Rubén Darío llega a Madrid para presentar sus cartas credenciales como ministro. Sawa que ya apenas sale de su domicilio del centro de Madrid le escribe varias cartas sucesivas en donde casi le implora que se digne venir a visitarlo. En una de ellas le dice:

          "Creyendo en mi prestigio literario he llamado a las puertas de los periódicos y de las cavernas editoriales y no me han respondido; crédulo de mis condiciones sociales - yo no soy un ogro ni una fiera de los bosques - he llamado a la amistad, insistentemente, y ésta no me ha respondido tampoco. ¿Es que un hombre como yo puede morir así, sombríamente, un poco asesinado por todo el mundo y sin que su muerte como su vida hayan tenido mayor trascendencia que la de una mera anécdota de soledad y rebeldía en la sociedad de su tiempo"

          Y terminaba: "Ven y levántame, tú que vales más que todos". Y en un último arrebato de orgullo le recuerda: "si en las letras españolas tú eres como un Dios, yo he tenido la suerte de ser tu victorioso profeta".

          El gran poeta nicaragüense le responde con breves notas prometiéndole visitas que nunca realiza. Alejandro Sawa espera a su amigo durante dos meses y el 14 de julio de 1908, pocos meses antes de su muerte, decepcionado de su amistad le dirige una dura carta. En ella le reprocha algo que no se ha atrevido a mencionar durante los tres últimos años a pesar de haber estado él, su mujer y su hija, literalmente muriéndose de hambre: el pago pendiente de los artículos que escribió en su nombre y que fueron publicados en La Nación de Buenos Aires. Debió redactar la carta bajo un justificado estado de ataque de ira porque lo amenaza con llevarlo a los tribunales de justicia. La decepción de Sawa es profunda, escribe desde el resentimiento, abrumado por la deslealtad del amigo.

          Aparte de las terribles penurias que podrían ser aliviadas con el dinero que le demandaba a Darío, pensaba destinar una parte a la gran ilusión que albergó en sus momentos finales: publicar las "Iluminaciones en la sombra" que había terminado con la ayuda de su mujer. También, durante su último año de vida, a pesar de su endeble salud, había continuado publicando de forma esporádica algunos artículos que le proporcionaron más disgustos que dinero porque hubo algunas colaboraciones anuladas y otras no cobradas.

          Su ceguera le impediría escribir personalmente las cartas en demanda de auxilio, iban manuscritas por su santa Jeanne como a él le gustaba llamarla. De las muchas que envió una fue respondida con presteza, se trataba de Enrique Cornuty, un francés de sorprendente apellido radicado en España y ligado al periódico La Acción que se consideraba discípulo suyo y que no sólo le envía dinero disculpándose de que el importe sea exiguo, sino que se compromete a dedicarle una portada del periódico para lo cual le pide una fotografía. La última de sus cartas desesperadas lanzadas como botellas de náufrago la recibe Jacinto Benavente dos semanas antes de la muerte del escritor sevillano.

          En febrero de 1909 el hombre que había escrito "prefiero el hambre al insomnio, porque prefiero la muerte a la locura" pierde definitivamente la razón y pervive aún unos días en estado delirante.

          Rubén Darío tampoco había respondido a la última y dramática carta de Sawa, ni siquiera se presentó al velatorio ni al entierro en el que sí estuvieron presentes entre otros Ernesto Bark, Dicenta, Zamacois, Valle-Inclán, Salvador Rueda, Benavente, además de sus hermanos y su hermana Esperanza. El vate nicaragüense reaccionaría, pero muy tarde, después de su fallecimiento, interesándose en la publicación de Iluminaciónes en la sombra que había sido la última ilusión de su amigo bohemio. No sólo colabora en la edición póstuma sino que le escribe un emotivo prólogo.
 
 

 

Alejandro Sawa falleció el 3 de marzo de 1909, doce días después habría cumplido cuarentaisiete años.

* Imágenes de Alejandro Sawa cedidas por cortesía de la autora.

 

Amelina Correa Ramón (Granada, 1967), doctora en Filología Hispánica por la Universidad de Granada, y profesora en su Facultad de Letras, ha desempeñado puestos docentes en las universidades de Almería y Sevilla y ha participado como ponente en una treintena de congresos internacionales en distintas ciudades de España, Estados Unidos, Marruecos, Portugal y Reino Unido. Autora de valiosos trabajos sobre literatura, entre otros, los ensayos: Hacia la reescritura del canon finisecular (2006) y Poetas andaluces en la órbita del modernismo (2004).

PÁGINA CREADA EL 17/1/2009
ÚLTIMA ACTUALIZACIÓN: 6/9/2009

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