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SEVILLA SIN MAPA
(Biblioteca de sevillanos apócrifos)

Autor: FERNANDO IWASAKI
PARÉNTESIS. Sevilla, 2010



CINCUENTA Y SIETE EXTRANJEROS CON PAPELES

por Leopoldo de Trazegnies Granda

        Fernando Iwasaki pasa revista a los escritores y artistas, la mayoría de ellos heterodoxos extranjeros, que en un momento de sus vidas se convirtieron en "sevillanos apócrifos". Y lo hace con observaciones plenas de agudeza literaria, derrochando erudición sobre sus vidas y obras.

        Sevilla sin mapa es un catálogo de descubrimientos de la ciudad y de la actitud de sus habitantes ante la vida, el arte o la filosofía. Se trata de viajeros que de pronto se han sentido nativos del bajo Guadalquivir y han escrito sobre Sevilla como si fueran "sevillanos auténticos" .

        Iwasaki no sólo glosa sus textos sino que los comenta y los relaciona entre sí con inteligencia. De esta manera, la complicada Sevilla no necesita mapa ni moderno GPS porque el plano invisible lo traza el autor a través del pensamiento, a veces insólito, de los personajes que se interesaron por Sevilla. El ingenio de Iwasaki se despliega al comentar cada una de las observaciones de los artistas y literatos que vieron Sevilla desde los ángulos más sorprendentes.

        En esta selección descarta a los más conocidos que se han convertido casi en tópicos, como Próspero Merimée, Washington Irving o Teófilo Gautier, para quedarse con los más singulares pero que como los citados contribuyeron a crear los abundantes mitos que enriquecen a la ciudad.

        Para los que aman los libros y sus circunstancias, Iwasaki suministra valiosísima información bibliográfica obtenida de los ejemplares originales que ha podido consultar gracias a la librería de viejo de ese poeta secreto, sevillano no-apócrifo, que es Abelardo Linares, el hombre del millón de libros, a quien le dedica la obra.

        Sobre la mujer sevillana hay abundantes referencias. Byron creía que "la perfección femenina consistía en una mezcla de la belleza de la mujer andaluza y las virtudes de las mujeres inglesas". El sexólogo Walter M. Gallichan, por el contrario, creyó encontrar en Sevilla el prototipo de mujer obesa, como si sufriera de las mismas obsesiones que Botero, que hasta a los galgos marismeños los ve redondos. Y a su vez Maurice Barrés no vio en ellas otra cosa que voluptuosidad. Por contra, Gómez Carrillo, el amigo de Verlaine y de Alejandro Sawa, clasificó a las mujeres en "geishas, inglesas, orientales y sevillanas". Y Pièrre Louys encontró a la Lolita de Nabokov en Sevilla.

        Otros, en vez de dar su opinión sobre la feminidad de las ciudadanas prefirieron rendirse a sus hechizos, como el estudioso del Siglo de Oro J.B. Trend que se dejó seducir por dos jóvenes sevillanas de alcurnia, aunque lo que a él realmente le interesaba era la gastronomía. Dumas y W. George Clark también se interesaron por los suculentos platos andaluces pero sin la suerte de Trend.

        Muchos se adelantaron en más de un siglo al descubrimiento de Sevilla como ciudad eminentemente turística. El uruguayo Carlos Reyles tiene el mérito de ser uno de los primeros en hablar de su "embrujo", su "duende", es decir, su sensualidad. Eugène Poitou compara Sevilla con Venecia y Nápoles. El casi homónimo de Edgar Allan Poe, Edgar Allison Peers, en su Royal Seville consideró que no había otra ciudad en el mundo equiparable a Sevilla. Y John Lomas crearía las primeras guías turísticas de Sevilla.

        Edgar Quinet atisbó las "dos Españas" en las "dos Sevillas" en pleno siglo XIX, antes de que Machado dijera que una de ellas nos helaría el corazón.

        Muchos vieron en Sevilla una fuente inagotable de leyendas. Ricardo Sáenz Hayes describió fascinado las tradiciones árabes de Sevilla. Ricardo Palma rastrea las tradiciones limeñas en las antiguas costumbres sevillanas. Hobart Chatfield-Taylor trató de explicar, con resultados desconocidos, la idiosincracia andaluza a su paisanos norteamericanos. Cunninghame Graham sorprendió a Joseph Conrad con la historia de una bellísima gitana trianera llamada "La Cujiñi".

        Entre los franceses, André Gide se nutre de los jardines sevillanos y destaca el patio de los naranjos de la Giralda como uno de los más bellos que ha visto.

        A algunos lo que les marcó para empezar a considerarse "sevillanos apócrifos" fue la Semana Santa. Roberto Arlt pergeñó exquisitas viñetas de los pasos. Manuel Gálvez compartió su admiración entre la Semana Santa y el "Día de la Raza" del que fue promotor. El prolífico Paul Morand dedicó una de sus más importantes novelas a la Semana Santa sevillana. Francis Carco llegó a Sevilla en Semana Santa pero le dedicó más tiempo a los bajos fondos de Triana y la Macarena que a las vírgenes. Pero lo más sorprendente es que al sensual, erótico y saturnal Ruben Darío lo que más le impresionara fuera también la Semana Santa.

        Los gitanos llamaron la atención de muchos de los seleccionados. Lady Tenison quedó fascinada por ellos. El húngaro Max Nordau buscó las similitudes entre los gitanos húngaros y los andaluces. Irving Brown era de Wisconsin pero en Sevilla se creyó de la raza calé y se mimetizó en gitano de pura cepa.

        Borges no podía faltar en el recuento de Iwasaki, amigo en su juventud de los ultraístas que se reunían alrededor de la revista Grecia, se dedicó con ellos a apedrear las ventanas de la casa del anacrónico Luis Montoto y a rellenar de escombros los cimientos abiertos para la estatua de Fernando III en la plaza Nueva. El polígrafo mexicano Alfonso Reyes y el políglota sevillano Cansinos Assens fueron considerados por Borges como sus maestros. Los apuntes de Reyes son verdaderos microrrelatos sevillanos escritos después de una larga estancia en España. También Teresa Wilms, druidesa, duendesa y anticristesa, pareja del poeta Vicente Huidobro y amante de Max Ernst, fue venerada en Sevilla por Guillermo de Torre (después cuñado de Borges) y por el resto de los ultraístas hispalenses. Oliverio Girondo trajo a Sevilla las ideas vanguardistas que inspirarían a Borges sus primeros versos. El prolífico Arturo Capdevila que se empeñó en descubrirnos la Sevilla sobria y serena, seguramente no pasará a la historia de la literatura por su prosa callejera sino por su enemistad con Borges.

        Tampoco falta la Sevilla literaria con sus exentricidades y disputas. George Bataille montó en Sevilla una de sus fantasías más grotescas y escatológicas. Augusto D'Halmar sitúa en Sevilla una historia homosexual nada menos que entre un cura vasco y un "seise" ya crecidito. Joaquín Edwards Bello, tío del novelista chileno Jorge Edwards, protagonizó un duelo literario con Huidobro. Zamacois, fundador de "El cuento semanal" en 1907, resultó ser "alcalareño apócrifo" ya que residió una época en la ciudad del Guadaíra. Mujica Láinez dedica a la ciudad hispalense una de sus mejores novelas históricas. El poeta Joâo Cabral de Melo Neto no ahorró versos para cantarle a Sevilla en innumerables poemarios. El hombre que fue Jueves, Chesterton, también quiso ser "sevillano apócrifo" un sábado noche, al menos así lo ve Iwasaki, y describió la alegría de la ciudad que nunca llegó a pisar. Marie Thérèse Gadala inventó para Sevilla las greguerías ignorando que ya lo había hecho Gómez de la Serna en Pombo.

        En algunos casos la transformación en "sevillano apócrifo" tuvo lugar en plena Exposición Iberoamericana de 1929, como el peruano Felipe Sassone, tenor, aspirante a torero, dramaturgo, y por encima de todo, incorregible Don Juan, que nos informó de las correrías para poner a punto la Muestra Internacional mientras él se dedicaba a otras correrías más íntimas.

        A Aubrey F.G. Bell, traductor de Eça de Queiroz, no le atrajo la tópica primavera sevillana, sino el invierno que encontró lleno de días claros y serenos bajo su cielo azul. Karel Capek, inventor de los "robots" se convirtió súbitamente en "apócrifo sevillano" visitando las réplicas de las carabelas de Colón fondeadas en el Guadalquivir. Y Hernán Robleto, cayó rendidamente enamorado del río.

        Algunos buscaron en Sevilla cosas más serias y eruditas, como Jorge Basadre, maestro del otro gran historiador y casi "genuino sevillano" Guillermo Lohmann, que extrapola su rutina sevillana a sus investigaciones en el Archivo de Indias.

        No faltan los que adquieren la "ciudadanía apócrifa" desde la cárcel. Arthur Koestler fue un "apócrifo preso" por orden de Queipo de Llano y en la cárcel sevillana de La Ranilla registró sus insólitos descubrimientos sobre la Guerra Civil española. Alloucherie, como Koestler, dejó imágenes invalorables sobre la Sevilla en guerra.

        Mario Puccini, autor de ensayos sobre Blasco Ibañez y Unamuno, dejó unos sabrosos apuntes sobre Sevilla en tono anarco jocoso.

        La Sevilla lúdica, la más conocida y tópica, no es la más comentada por estos sevillanos de allende las fronteras, sin embargo, Félix del Valle, republicano, no dejó de teorizar sobre el cante, la guitarra y el baile flamenco y Gyula Halász "Brassai" la retrató en fiestas.

        Hubo miradas singulares como la del padre Ramón Cué Romano S.I. que describe una Sevilla vista por un mexicano.

        Fernando Iwasaki ha glosado amablemente la biografía y los textos que publiqué sobre la figura de mi admirado amigo y pariente Leopoldo Tamaral en Pasajeros de otros barcos (Sevilla, 2004) para extraer su esencia de anciano "sevillano apócrifo". Aunque Tamaral llegase septuagenario a Sevilla en 1976 o 77, inmediatamente se identificó con la ciudad y sus gentes y nos dejó apuntes varios sobre la extraña promiscuidad existente entre la religión y los ambientes prostibularios de los bajos fondos sevillanos.

        Y por último, Roberto Bolaño, ese popular escritor de culto desaparecido prematuramente unos días después de asistir en Sevilla al 'Encuentro de autores jóvenes latinoamericanos, 2003' donde se consagró como "sevillano apócrifo" con su conferencia titulada "Sevilla me mata", que desgraciadamente lo mató.

        Fernando Iwasaki hace en Sevilla sin mapa una radiografía literaria de la ciudad, con fervor no exento de ironía, ilustrada con infinidad de anécdotas, observaciones insólitas y descubrimientos eruditos. El libro es divertido e interesante y lo convierte a él en uno de los "apócrifos sevillanos" que más han contribuído a difundir los encantos y perversidades de la ciudad del embrujo.


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PAGINA ACTUALIZADA EL 1/1/2011


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