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LA TEMPESTAD

Autor: Juan Manuel de Prada.
Planeta. Barcelona, 2006.

AUTOPSIA GENITAL

por Leopoldo de Trazegnies Granda

        Juan Manuel de Prada "agradece y advierte", a los que en su día opinamos que Las máscaras del héroe no era otra cosa que un panfleto con ideas morales reaccionarias al más puro estilo jesuítico, que en esta novela no piensa repetirse. Con el estilo soez que acostumbra a utilizar en sus artículos de ABC siente no poder brindarnos ahora un personaje igual de odioso que nos sirva como coartada para nuestros "espumarajos". Nos asegura que el protagonista de La tempestad va a ser mejor.

        Veamos. Este lector, presunto delincuente de opinión que busca coartadas y echa espumarajos por la boca, según tilda el autor a los críticos de su obra, se dispone a hacer la autopsia de tan prometedora novelita del afamado escritor de ideas semiclericales Juan Manuel de Prada.

        Adelantemos que esta novela se hizo merecedora del tan controvertido premio Planeta en el año 1996 y que el autor declara que quiso hacer una novela de "corte poético". Nada menos. Veremos si lo consiguió.

        El escenario es Venecia, el protagonista un joven investigador de arte, el argumento arranca con el descubrimiento de un crimen en los canales. Desde las primeras líneas intentamos acostumbrarnos al lenguaje tópico y amanerado del narrador, pero nuestras buenas intenciones resultan infructuosas al toparnos cada tres líneas con frases como: "la nieve volvía a extender su piadoso manto sobre la desgarradura" (pág. 16), siempre dentro de su estilo huero y meloso: "el descenso de la nieve sobre Venecia, como pavesas de un incendio que, tras arrasar la ciudad, vuelven a caer, convertidas ya en ceniza" (pág. 17). ¡Realmente magistral! sobre todo por su originalidad: nieve ceniza como consecuencia de un incendio. El empleo del vocablo "pavesas" es realmente un hallazgo y nos dan ganas de soltar los primeros espumarajos, de entusiasmo, por supuesto.

        Resulta motivador leer expresiones tan plenas de sentido oculto: "atravesar a pie enjuto (...) la playa de una isla que sólo frecuentan las alimañas y los navegantes sin brújula" (pág. 18). Suponemos que esta alusión a los "sin brújula" en pleno Venecia debe tener un sentido profundísimo aunque no alcancemos a desentrañarlo del todo.

        Pero nuestra débil conciencia se estremece por el remordimiento "que debe de sentirse después de haber infringido una virginidad o abofeteado una inocencia" (pág. 19). Supongo que los infringidores de virginidades y abofeteadores de inocencias sabrán perfectamente a lo que se refierre en este caso el gacetillero de ABC.

        Pero nos reconforta cuando lamenta que la marea mediterránea, cada vez más alta (o la ciudad de Venecia cada vez más baja), "reserve su derecho de admisión" en los cafés "con pianola y molduras rococó que algunos literatos cosmopolitas se habían encargado de banalizar" (pág. 19). Le damos toda la razón, banalizar cafés debe ser tan malo como infringir vírgenes.

        No salimos de nuestro asombro cuando unas páginas más adelante todo este arrebato retórico empieza a transformarse en una obsesión sexual: "me dejé vencer por un ramalazo incongruente de deseo, casi por una erección" (pág. 22). El narrador se convierte en el hombre al que le vencían sus casi erecciones y parece entrar en un desenfreno de casi erecciones cíclicas: "En la alfombra del vestíbulo quedaba marcado el contorno de sus tacones, como diminutas herraduras que avivaron mi erección" (pág. 22). Es de suponer que mediante esta fantasía fetichista el narrador por fin lograra una erección completa, sobre todo ante la visión de su falda que "le apretaba ignominiosamente en las caderas y estrangulaba sus glúteos, que imaginé ligeramente asimétrico y, desde luego, blandos" (pág. 22). ¡Faltaría más! Y de pronto, este lascivo personaje, creado por un escritor que ejerce en los cenáculos literarios de obispo seglar, se sincera y nos dice: "Confesaré que me gustan los culos asimétricos y blandos" (pág. 22). No tengo palabras para comentar tanta sutileza lúbrica.

        La fémina que le provoca los espasmos sexuales, que todavía no lo hemos dicho, es la hostelera del hotel donde se va a alojar. En la página siguiente toma conciencia del sambenito que le supone "la erección furtiva en un recodo del calzoncillo" (pág. 23). Si ante un culo asimétrico sufre tal convulsión no podemos ni siquiera imaginar lo que le sucedería a este investigador de arte si tuviera que estudiar los rollizos glúteos de las Tres Gracias de Rubens, probablemente sufriría erecciones incontrolables que lo llevarían a la desesperación y tal vez al suicidio. ¡Dios lo libre!

        Nos tranquilizamos cuando poco después nos comunica que "mi erección había remitido porque de repente los pies me escocían de puro anquilosamiento y me entretenía acercándolos a la estufa" (pág. 25). ¡Menos mal! Sobre todo porque casi inmediatamente después lo llamó por teléfono el director del museo que albergaba el cuadro de La tempestad que nuestro lujurioso protagonista se había propuesto analizar. Habría sido del todo grotesco que hablara por teléfono en calzoncillos con el académico manteniendo una incómoda erección de varias horas. Sobre todo que la conversación telefónica se desarrolló bajo un "silencio fricativo" (pág. 25), algo así como "ssssssss", que le hubiera obligado a bajar la vista esperando ver caer la vocal correspondiente y dado su estado de excitación habría podido exacerbar aún más su líbido. Nunca se sabe, a veces la fonética tiene esas sorpresas. Sea por el motivo que fuere, la conversación telefónica se desarrolló entrecortada y con insistentes peticiones de confirmación por parte del académico Gabetti de las palabras empleadas por nuestro "hombre de las erecciones". No consta lo que mientras tanto estuviera haciendo Ballesteros, que así se apellidaba este libidinoso personaje.

        Fue en ese preciso instante que se oyó la detonación del crimen y Prada nos relata en primera persona la reacción de su protagonista: "Salí en estampida de la habitación (...) estaba descalzo y en calzoncillos (ya no erecto, afortunadamente)" (pág. 30). Sí, afortunadamente, porque presentarse de esa guisa ante un moribundo podría llamar la atención, sobre todo cuando llegara la policía que acudió enseguida. Si se tratara de una novela de humor la podríamos leer con una actitud menos trascendente, pero no hay ningún indicio de que sea eso lo que pretendía Juan Manuel de Prada, muy al contrario, se tiene la sensación de que intenta transmitirnos un clima dramático, a pesar de las erecciones, los calzoncillos y los infringidores de vírgenes.

        La víctima del tiro que resonó delante del hotel del protagonista-narrador "bombeaba una sangre epiléptica" (pág. 31) al tiempo que retumbaba en la parte de atrás del edificio la huída del supuesto asesino en "una carrera sin remordimientos" (pág. 32). Es sabido que las carreras sin remordimientos se reconocen porque son muy parecidas a la sangre epiléptica.

        La reacción de cualquier persona en tan insólita situación es la de no levantar sospechas y eso es lo que intentó nuestro héroe de las erecciones ante "el policía que nos exploraba desde la penumbra, con vocación de maniquí o estatua" (pág. 38). No es extraño, hoy en día se emplean modernas técnicas policiales y no tiene porqué sorprendernos un policía con vocación de maniquí.

        Compartía, con la recepcionista y dueña del hotel donde se hospedaba, la misma inquietud ante el crimen y se preguntaba qué evocaciones estarían pasando por "esos ojos que hubiese querido ungir de saliva para inmunizarlos del pasado" (pág. 39). Es una propiedad desconocida de la saliva, tal vez se tratase de saliva sagrada y de allí el uso de la palabra "ungir". Esto se queda a la libre interpretación del lector.

        Cuando ya nos estábamos olvidando de las erecciones de Ballesteros, he aquí que reaparece la obsesión fálica, pero esta vez en el cadáver del asesinado: "no había una sábana que abrigase su herida, tampoco un paño que ocultase el falo con venas que parecían de alquitrán y sus testículos como alforjas de una virilidad no muy bien abastecida" (pág. 47). Se nota que el narrador era bastante observador como para percibir los bultos a pesar de la oscuridad de la noche en los canales venecianos. Por otro lado, si la virilidad de este muerto no estaba bien abastecida teniendo testículos como alforjas y el falo con venas de alquitrán, qué decir del resto de los mortales.

        Menos mal que frecuentemente nos encontramos con frases de alto nivel literario: "El inspector Nicolussi no resistió más la ausencia de un humo que encharcara sus pulmones y prendió otro cigarrillo" (pág. 54). Ante la visión de un falo alquitranado y dos alforjas testiculares lo menos que podía hacer el pobre Nicolussi era encharcarse un poco los pulmones.

        Pero había que buscar un culpable y el inspector con vocación de maniquí terminó llevándose a todos a la comisaría. Ni siquiera allí la hostelera dejó de excitar a nuestro joven investigador de arte porque "al inclinarse sobre el escritorio, sus senos adquirieron gravidez bajo el suéter negro que los maceraba y oprimía" (pág. 56). Incómoda estaría la mujer mientras se le ablandaban los pechos a golpes como se macera la carne de camello, o tal vez el vivaz narrador se refiriera a algún secreto líquido que llevara oculto en el sostén para macerar sus senos como se ablandan las aletas de tiburón.

        En el tercer capítulo percibimos que la novela entra por fín en su fase artística y el autor nos infringe cual vírgenes inocentes abofeteadas unas aburridísimas disquisiciones sobre el cuadro en cuestión: La tempestad (págs. 57-61). Hubiéramos preferido que siguiese hablando de erecciones, alforjas testiculares y senos macerados que en el fondo era más divertido que leer una retahila de frases de este estilo: "No busque símbolos ni misticismos ni intrincadas mitologías en su obra: incluso cuando trabaja de encargo, libera el manantial del sentimiento y eso lo hace más próximo a nuestra sensibilidad" (pág. 58). Analisis que no podemos negar que representa un verdadero aporte para la comprensión de la pintura renacentista. Por algo el libro tiene el mismo título que el misterioso cuadro de Giorgione.

        Luego se cruzará en la novela una joven de "senos apenas reseñables, pero suficientes para colmar la ofrenda de una mano" (pág. 69). Después de todo lo que ya ha reseñado los pechos de la hostelera se comprende que los pechos de esta niña no le llamen la atención al joven protagonista de la historia, pero de todas maneras los considera suficientes para "colmar la ofrenda de una mano".

        Entreveradas con estas frases de gran valor literario se encuentran otras de no menos valor filosófico, como cuando la chica de senos apenas reseñables revela como en un susurro: "Los muertos se abastecen con nuestra propia muerte" (pág.73). Yo pensaba que solamente las funerarias practicaban la necrofilia comercial, pero parece ser que no es un concepto mercantil sino metafísico.

        El joven Ballesteros no pierde oportunidad para recrearse muy finamente la vista cada vez que puede, así cuando sube por la escalera tras la chica nos confiesa que "hice lo que siempre hago cuando una mujer me antecede (...): mirarle el culo y divagar líricamente a costa de sus proporciones" (pág. 75). El lirismo del personaje creado por Juan Manuel de Prada es indiscutible.

        El joven Ballesteros sufre entonces "una lasitud que comparé con ese derrengamiento moral que deben de sufrir los curas párrocos (los pocos que van quedando) en la víspera de Pascua y otras efemérides litúrgicas" (pág. 76). Esperemos que ese cansancio moral no les entre a los pocos curas que van quedando por las mismas razones que al personaje de Prada, es decir, por continuas erecciones causadas por el culo de las feligresas o por calcular el grado de maceramiento de sus senos.

        La obsesión sexual de esta novela es reiterativa hasta el punto de causar bochorno ajeno. Si el autor intentó condenar subliminalmente cualquier manifestación de placer o disfrute humano a la manera de los catálogos inquisitoriales medievales, lo ha conseguido plenamente con un texto ingenuo, insustancial, grotesco y artificial. El priapismo puede llegar a ser un arte, pero el simple regodeo en los genitales, al que este autor es tan aficionado (su primer libro se titulaba Coños) es anti erótico y repugnante.

        Llegando a la página cien tengo el convencimiento de que el cadáver literario titulado La tempestad hiede a mente podrida en alguna sacristía, intuyo que la novela encierra en sus páginas por lo menos a un imbécil: al autor, o al lector que se trague como "literatura" la bazofia almibarada que nos ofrece Juan Manuel de Prada.

        Como remate de esta deleznable novelita descubrimos que ni siquiera las escasas frases que nos sorprendieron porque se salían del penoso contexto le pertenecen a Prada, en realidad se deben a la pluma de otro autor. Javier Marías explica en la sección "Especiales" de su página Web oficial, bajo el título de "Esas máquinas mágicas", cómo su artículo "Venecia, un interior" fue saqueado por Prada para escribir su novela La tempestad ( http://javiermarias.es/ ).

NOTA: He incluído las páginas donde figuran los párrafos citados para que cualquier lector pueda comprobarlo porque estoy seguro que muchos no se creerán que este autor haya llegado a tal grado de indignidad y con tanta perseverancia.


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PAGINA ACTUALIZADA EL 29/5/2009