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EPIGRAMAS DE AMOR

I

              No temas, Helena, al falso Zeus,
              él no te desea como yo,
              es Cerbero atado al pie del monte
              y sólo le interesan las violetas de oro
              que le arrojas al pasar.

II

              Los eunucos escancian delirio en las copas
              pero vosotras ninfas de Eros
              colmáis de miel las jarras de nuestro deseo.

III

              En la oscuridad resplandece tu belleza, Urania.
              El seno que llevas descubierto
              es el astro de pan dulce
              que ofreces a la voracidad
              de las aves nocturnas.

IV

              Como Friné te desnudas, Terpsícore.
              Atraes todas las miradas
              pero no por lo que enseñas
              sino por lo que ocultas
              tras los velos celestes de tus párpados.

V

              Posas tus dedos, Casandra,
              más leves que un gorrión
              sobre mi añosa espalda,
              y cuando me vuelvo
              ya has volado a insinuarte
              entre los jóvenes.

VI

              Al mendigo apostado en el umbral
              las hetairas no lo ven,
              tiene menos suerte que Diógenes,
              pero goza de la generosidad
              de los esclavos saciados por Dionisos.
 
VII

              Anhelantes de acostarse con las diosas
              recorrieron largos caminos,
              y ellas complacientes
              accedieron a untarles de placer
              los miembros fatigados
              para que continuaran buscando.

VIII

              Bella Dafne, de cabello trenzado
              con guirnaldas y rayos de sol.
              Irradias tanta luz como perfidia
              pero la dulzura de tus labios
              cicatriza el desapego de los cuerpos.

IX

              No es locura. No es desvarío
              besarte los pechos encendidos
              porque siento que el fuego de tu piel
              no se apaga en contacto con mi boca.

X

              Atenuada la luz,
              tamizada la perversidad femenina,
              el tiempo no se detiene
              y no importa que las caricias
              rueden como dracmas de plata
              por tu cuello.

XI

              Huídos ya los dioses
              nos quedamos solos sobre el lecho
              con una gota de sed en la lengua
              y borrascas en las pupilas.

XII

              Haydée, perla azulada de Nubia,
              diosa no, mujer amante,
              que el rubio Minos atrajo
              a la casa de su madre con engaños.

XIII

              Europa te despojó de tus ríos de ilusión
              que eran como venas del desierto
              o transparencias tendidas sobre el mar,
              y te destinó, Haydée, al laberinto
              como simple ramera de suburbio.
 
XIV

              Grávida de amores y secretos,
              Afrodita, ama y matrona de doncellas
              ¿qué delicadas experiencias recreas
              mientras tus ninfas juegan
              en el jardín de Eros?

 
XV

              Maya y Electra, las Pléyades,
              funden sus tenues resplandores
              y sonríen de soslayo cogidas por el talle.
              Siempre es bello lo que se ama,
              sois el deleite de la secreta Safo.

 
XVI

              Renunció a la felicidad del sabio
              por la inquietud del artista.
              Huyó del espanto del mundo
              para refugiarse en el fuego de Circe.
              Pero soñó, soñaba siempre,
              con la nieve tibia de los pechos de Leda.
              Y al morir escribió:
              Ya nadie podrá quitarme
              el placer de estar muerto.

 
XVII

              El brazo de Himeros
              engarzó el trueno en el rocío,
              labor de las flores y el amor,
              para que nacieran las auroras.
              Tú surgiste del fondo de la noche,
              eterna y fugaz como Calíope
              estrella próxima y arcana.

 
XVIII

              Muestras tus muslos de gaviota
              ágiles para correr contra el viento
              por la orilla del río del deseo.
              Doris, esclava de la Luna,
              cambias tus tiernas esencias
              por su fría plata.

 
XIX

              Me sumerjo en las heladas aguas mediterráneas
              que bañaron a tantas diosas
              bajo las estrellas del Olimpo.
              Las vetas azules de las olas
              mansas y sedosas
              aún guardan el perfume de las que fueron
              sus flores insomnes.

 
Teodognis de Alejandría (331 - 257 a.C.)
(Traducción: L. Tamaral)

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PAGINA ACTUALIZADA EL 23/2/2007