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DIAS Y NOCHES     I.S.B.N.: 84-239-7983-0

AUTOR: Andrés Trapiello
Espasa Calpe. Madrid, 2000. (285 pág.)

LOS TRANSTERRADOS

por Leopoldo de Trazegnies Granda

¿Por qué la lectura de la magnífica novela de Andrés Trapiello, Dias y noches (Espasa Calpe, 2000) me deja un sabor raro en la mente y un recuerdo desagradable en la lengua? Para una experiencia similar me tengo que remontar a la naranjada de mi infancia que mi madre mezclaba con el purgante mensual para disimular su desagradable regusto.

Recurro a las hemerotecas en busca de una explicación. Descubro la ambigüedad de sus afirmaciones. En unas declaraciones recientes leo: "Antonio Machado está anticuado y ya no es un referente en la poesía actual española" (Diario de Sevilla, 26-10-2000). Y por otro le sorprende que se tenga que escoger entre los dos hermanos Machado. ¿Por qué? ¿Hay algo de malo en preferir a Antonio frente a Manuel? De la misma manera que se puede escoger entre García Lorca y Luis Rosales, o entre Alberti y Pemán, o entre Miguel Hernández y Dámaso Alonso, por ejemplo. ¿El autor prefiere hacer causa común para que nos quedemos con "los Machado", "la generación del 27", "la posguerra", como genéricos? Al no individualizar, se difumina la historia, porque todos sabemos, aún los que no habíamos nacido en 1939, que los Machado eran muy distintos entre sí, que a la generación del 27 sólo los agrupa una fotografía tomada en el Ateneo de Sevilla y que la posguerra no fue la misma para los vencedores que para los vencidos. Si se hubiera tomado la molestia de leer los comentarios de Pedro Garfias, coetáneo de los Machado, podría conocer las diferencias entre ambos hermanos, pero el Sr. Trapiello siempre prefiere beber en fuentes más ambiguas.

Cientos de miles de personas iniciaron el éxodo durante la Guerra Civil a través de los Pirineos. Desbordaron la frontera de Francia, por donde justamente salió el poeta, que ha dejado de ser un referente para los poetas actuales, con su anciana madre que creía que la llevaban a Sevilla.

Días y noches empieza al final de la contienda, cuando ya se sabe que está perdida y la frontera es un trasiego de gente que huye. Todo anuncia la derrota total, las tropas republicanas vagan por el norte de Aragón y Cataluña sin rumbo claro. Justo García, sargento de la 45 Compañía de la 31 División del Décimo Cuerpo de Ejército, nos narra en primera persona la aventura. Trapiello utiliza el manido recurso del hallazgo de un manuscrito (Cervantes fue el primero), en este caso un diario encontrado en la biblioteca de la Fundación Pablo Iglesias, que pretende simplemente transcribir, con lo cual consigue un relato verosímil.

Desde el prólogo nos sorprende el sentido de algunas frases, por ejemplo cuando refiriéndose a uno de los personajes del manuscrito, dice que era raro "que no le hubiesen enviado a la URSS cuando acabó la guerra, con el resto de los comunistas españoles privilegiados". ¿Es que se pudo considerar privilegiado a algún miembro del partido comunista español durante la posguerra? A pesar de que en términos relativos quizá fuera preferible alistarse en el ejército soviético para luchar contra los alemanes, que quedarse en una Francia a punto de ser invadida por los nazis.

El protagonista nos narra con palabras heladas por la frustración y el desengaño las acciones terribles de esos soldados sin destino, o teniendo la muerte como única salida. Registra la crueldad de los suyos y constata asimismo las salvajadas del ejército franquista. "La dignidad es lo primero que se pierde en una guerra", escribe Justo García, sin detenerse a buscar las causas. El cronista no expresa opiniones, plasma en un cuaderno la consternación que le produce lo que sucede. Sin embargo se pueden deducir sus convicciones en algunos comentarios. Al referirse a Pablo Iglesias dice que es "un buen hombre, aunque un poco ingenuo, desde mi punto de vista, lo mismo que mi padre que son de los que creen que las cosas llegará un momento en que se transformen solas". ¿De verdad pensaba Justo García que Pablo Iglesias fundó el Partido Socialista con esa mentalidad?

Pero el barrido de las huellas del conflicto llega a veces a confundir. Por ejemplo, al conseguir cruzar a pie la frontera, como una turba de andrajosos bajo la mirada vigilante de la gendarmería francesa, apunta el cronista que a algunos de los gendarmes " se les escapaba una risita, parecían decirnos, ¿qué pensabais, estúpidos, que las revoluciones se ganan así como así?" ¿Acaso no se habían enterado que lo que había triunfado en España era la revolución fascista? Los revolucionarios no habían necesitado huir.

Salvados los párrafos que podrían resultar equívocos, nos encontramos ante un gran relato que refleja el sufrimiento de un hombre corriente, esencialmente bueno, en la guerra absurda que desencadenó el general Franco.

La vida de los exiliados al otro lado de los Pirineos era penosa y en algunos casos terribles: campos de refugiados franceses, luego campos de concentración alemanes, combatir en los frentes de la Segunda Guerra Mundial contra los nazis, o embarcar en buques equipados por organizaciones humanitarias con destino a América.

El relato de Trapiello continúa por el campo de refugiados de San Cyprien, luego Toulouse y al fin París, admirablemente plasmados en el cuaderno por Justo García. Sin duda alguna son las mejores páginas de la novela, las menos históricas, las más literarias. En la capital francesa consigue estar entre los admitidos para pasar a América. Se embarca el 25 de mayo de 1939 en el buque Sinaia en el que viajaron mil quinientos noventinueve republicanos hasta México.

A la llegada a Veracruz, diecinueve días después, la expedición del Sinaia fue recibida fraternalmente, con vítores, como a venecedores. Constituían el segundo desembarco histórico español en aquellas costas, pero éste sin espadas, como dijo León Felipe, con sólo la palabra, que es lo único que les dejaron sacar de España. En el Palacio de Bellas Artes de México, el poeta dedicó a sus hermanos de infortunio poemas como éste:

Al final…después de mil episodios y disputas…el
Viento se hizo vendaval y borrasca…y empujó a
unos españoles…a ciertos españoles elegidos…hacia
la gran puerta que mira al mar y a las estrellas…
(...)
Por allí salieron los españoles del Exodo y el Llanto.
Entonces Franco dijo:
"He limpiado la nación…
He arrojado de la Patria la carroña y la cizaña"…
Pero el viento…la Historia…la Gran Historia…

Esa Gran Historia, en la que confíaba León Felipe que no borrara las razones por las que lucharon los perseguidos y sus perseguidores, se debe asumir. La novela basada en hechos históricos tiene el riesgo de enmarañarla. Justo García Valle, tipógrafo republicano pasajero del buque Sinaia, con toda seguridad, no pensaba igual que ese otro tipógrafo, llamado Ramón Ruiz Alonso, que tuvo tan destacada actuación en la detención y fusilamiento de García Lorca en Granada; sólo coincidirían en el oficio. En alguna ocasión se rebela contra su suerte: "a nadie le cabe en la cabeza que, siendo nosotros los mejores y los más numerosos, hayamos perdido la guerra. Ellos tuvieron a Italia y Alemania. Cierto. Pero nosotros teníamos la razón y detrás a todo el pueblo, y nos han destruído." La razón y el pueblo no sirven para nada frente a las armas. Como dice el filósofo exiliado en México, Adolfo Sánchez Vázquez, no se pueden confundir las circunstancias, "como si los agresores y los agredidos... fueran igualmente culpables o inocentes".

En la narración de Trapiello hay algo que nos impide delimitar los espacios políticos, el contorno ético que dividía a los actores de uno y otro bando. La crónica expele un tufo de indignidad general, como en algún momento recoge el cronista. No me gusta este aspecto de la obra. Apelo a la inteligencia del lector para extraer del relato la verdadera tragedia de la República Española.



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PAGINA ACTUALIZADA EL 4/11/2000



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