"Santa Olaja de Acero y otras historias",
Alianza editorial. Madrid, 1968.
Ignacio Aldecoa

Mapa Imaginario               
Mapa imaginario de España
TURGO

por Leopoldo de Trazegnies Granda

Locomotora
        De las varias líneas de ferrocarril que salen de Madrid, tal vez la menos conocida sea la que se interna en dirección al sur-oeste por una ruta de cañadas abruptas y pedregosas, al borde de un río de agua turbia que se cruza por un puente de hierro.

        Durante el trayecto el tren traspasa varios túneles, todos con nombre propio: El Barro, El de Lobo Viejo, El de la Moza (cerca del apeadero del mismo nombre), El Tunelillo... Por los años 30 la vía estaba permanentemente en obras, se cambiaban las traviesas medio podridas y esto ocasionaba muchos retrasos y contratiempos en el servicio ferroviario.

        Turgo se encuentra situado más o menos a mitad de camino entre la capital y Fuensalida, en la provincia de Toledo, al pie de una altiplanicie desde donde se empiezan a divisar a lo lejos las sierras de la Higuera y San Vicente.

        La locomotora Santa Olaja, Olaja, "la reina" o "la señora", como la llaman irónicamente los ferroviarios, transita diariamente por esta vía, es una máquina antigua dedicada a arrastrar una composición mixta de vagones para raros viajeros madrugadores, en su mayoría mineros, y carga de extracción.

        Turgo es una estación importante, parada obligada para recomponer el convoy. Higinio, el maquinista de la "señora" y el fogonero Mendaña, suelen aprovechar el tiempo de maniobra para tomar café con anís en la cantina.

        La vieja máquina renquea al subir a la altiplanicie de Turgo, como si le pesaran los cuerpos en ayunas de sus pasajeros, sobre todo a primera hora de la mañana que lleva la piel de hierro escarchada y frías las entrañas. Avanza como escarbando la tierra, apareciendo tras los túneles al humo blanquiazul del primer sol. En primavera, a la salida de las galerías perforadas en la roca se abren valles cada vez más fríos y más verdes que los que se van quedando atrás. Mendaña es el que echa las paladas de carbón a la caldera para que vaya cogiendo fuerza, Higinio lleva los mandos, ambos terminan el trayecto como si volvieran del infierno, impregnados por la palidez negra de la carbonilla.

        Al profundizar en las galerías, los rostros de los viajeros más viejos adquieren apariencia de fósiles, con los ojos desmesuradamente abiertos, intentando percibir las paredes en la oscuridad, como si el tren traqueteara lleno de fantasmas. Los más jóvenes fuman en silencio como esperando saltar a no se sabe dónde. El peligro es invisible, cada cual se ha acostumbrado a llevarlo encima como el morral o la desprovista tartera, sin ni siquiera comentarlo con sus mujeres al terminar la jornada.

        Más arriba, en el apeadero de La Penaza, termina otro ramal del ferrocarril, se cuenta que tiene una fuente de agua milagrosa que lo cura todo, pero al pasar nadie la mira.



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PAGINA ACTUALIZADA EL 15/1/2006